Una vez pasados, afortunadamente, los tiempos más talibanes del historicismo, las orquestas de siempre -las de verdad- vuelven a tocar a los clásicos. Por supuesto, ya no los tocan como antes -se reducen las plantillas, el vibrato se usa con prudencia, se frasea de otro modo, se aligeran los tiempos-, pero tampoco permiten que las agrupaciones de instrumentos ‘originales’ se queden en exclusiva con esa parte, tan suculenta, del pastel del repertorio. En primer lugar, porque eso (ya) no tiene justificación artística; y en segundo lugar, porque tocar a Mozart y -sobre todo- a Haydn constituye uno de los mejores entrenamientos para mantener la buena salud de una orquesta sinfónica.
Así que, con la excusa del aniversario o sin ella, Mariss Jansons dispuso treinta y un instrumentistas de cuerda -más el viento prescrito- y desenpolvó la…
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