Nunca es recomendable antes de asistir a un concierto escuchar en casa grabaciones de las obras que se van a tocar. Uno tiende a idealizar su versión favorita, y por lo tanto en el concierto se miden los resultados con un baremo que no es equiparable, por razones obvias. Pero da la casualidad de que hace unos días compré un álbum de sinfonías de Mozart, grabadas en los años cincuenta y sesenta por Otto Klemperer y la Philharmonia Orchestra, y no pude resistirme a escucharlo: la sorpresa fue agradabilísimamente mayúscula cuando me encontré unas interpretaciones que, lejos de resultar marmóreas, tienen una vitalidad contagiosa.
Y no es que a Ros Marbà le falte vitalidad, que la demuestra; ni elegancia, que le sobra; ni seriedad, que es especialidad de la casa. Ros hace un Mozart puesto al día, usando el vibrato con mesura, afilando los…
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