No hace mucho que Agustín Blanco apelaba en estas ciberpáginas al veredicto del ‘llorómetro’ para juzgar una representación de La Bohème: a más lágrimas entre el respetable, mejor había ido la cosa. Esta noche, sin embargo, no me dediqué a comprobar cuántos entre el público salían con los ojos llorosos, sino que me fío de mis propios sentimientos; y a estos efectos les diré que un servidor, cuando asiste a una Bohème, habitualmente ya está tierno al final del primer acto, en el segundo no disimula, el moco tendido y el tercer acto son una misma cosa, y al final del cuarto necesita ración extra de pañuelos.
Pero hoy sólo me sequé las lágrimas después del tercer acto. ¿Por qué? Pues por culpa del maldito engrasador. Y me explico: Giancarlo del Monaco tiene la ocurrencia de preparar la escena del segundo acto mientras se termina el primero,…
Comentarios