La presente crónica se me presenta ardua, porque ante la extrema perfección, el esfuerzo que significa tocar de memoria, la categoría de los integrantes de este cuarteto, la calidad sonora, el extraordinario mimo de detalles, y un largo etcétera de cosas positivas, el resultado global debería haberme impresionado mucho más. Pero confieso que hasta en los momentos más sublimes de la música de Mozart me quedé como mero observador. No hubo atisbo de emoción.
Vayamos por partes: cuando se entra en la sala, lo único que se ve en el escenario es una sola silla, con el apoya-pica para el violoncello, enganchado. Ni un atril, nada más. Y de hecho, cuando se inició el concierto, vinieron dos mujeres y dos hombres, sencillamente vestidos de negro, se colocaron en un cuadrado cuyas esquinas ocuparon -en dirección del reloj- 1º violín, viola,…
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