Sentarse en la grada del Festspielhaus de Bayreuth y perder la noción del mundo exterior en medio de su oscuridad al tiempo que se entra en uno nuevo cuando se escucha el preludio del Rheingold es una experiencia que todo el mundo debería poder contar, al menos una vez. Al público de esta celebrada producción bayreuthiana, sin embargo, se le hurtó parte de esa magia, porque antes de que suene el más intenso Mi bemol jamás escrito resulta que se abre el telón para mostrar a los personajes del relato deambulando en silencio.
Esos pocos segundos resultan aún más inútiles y contraproducentes precediendo al láser que acompaña la música y dibuja las profundidades del Rhin, truco que no me parece inadecuado para acompañar eso que Thomas Mann llamó ‘un pensamiento acústico’: al efecto hipnótico de la música se añade el de la vista. Por lo demás,…
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