Después de escuchar este recital de piano y violín me puse a reflexionar sobre la evolución de este tipo de concierto público de música clásica, y llegué a la conclusión de que las cosas han evolucionado de manera satisfactoria. Hace cincuenta años, los grandes violinistas querían exhibir, ante todo, las proezas de que eran capaces en sus instrumentos. Hoy, el recital se pone al servicio de la música, y nada más. Ya no hay 4 o 5 propinas, cada una más espectacular que la anterior. Menos mal que por fin la música ha asumido el papel de protagonista. También hay que subrayar, que ciclos como los que organiza el Liceo de Cámara contribuyen a semejante evolución positiva. ¡Por fin algo que va mejor en este mundo! Y me alegra que sea precisamente en el campo de la buena música. ¡Ay, si los políticos pudiesen aprender de la música…, otro mundo…
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