Bastó escuchar el primer acorde para darnos cuenta que nos encontrábamos ante una formación excepcional. Kurt Masur levantó las manos y la sala se llenó de un sonido intenso y denso, apoyado en una cuerda excepcional en todos sus registros y muy bien complementada por una orquesta formada por auténticos solistas. Todo parecía previsible, dada la sólida reputación de la filarmónica neoyorkina, pero solo la experiencia sonora en vivo nos puede hacer sentir algo especial. A partir de ese momento se desarrolló un concierto extraordinario, en el sentido literal del término, es decir, algo que no sucede muy a menudo, ni incluso dentro de un ciclo como el de Ibermúsica.La interpretación de la primera sinfonía brahmsiana estuvo presidida por esa honda intensidad, que partiendo directamente de las manos de Masur (ya que dirige sin batuta) se…
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