Salió al escenario con persuasiva cordialidad, se acurrucó en su violín como en una almohada, movió un arco que pareció no rozar cuerda alguna, se cimbreó y comenzó a soñar sonidos. Los deslumbrantes sueños de un músico (y hay que recrearse al leer esta palabra) de veintiséis años. Si ahora el violín de Vengerov es técnica y expresivamente sublime, ¿cómo será cuando la madurez lo enriquezca aún más? Constituirá delito perdérselo. Aunque, pensándolo bien, ya lo es ahora. Así que quien cansado de lo abundante de la programación -consecutivamente, Barbara Bonney, filarmónicos de Nueva York, Orquesta de Valencia homenajeando a Rodrigo (por cierto, la exposición Joaquín Rodrigo, el Palau y UNICEF, por la escasez de sus materiales, no va más allá de la buena intención) y Rostropovich- haya prescindido de acudir a la cita con Vengerov, que se…
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