Tenía yo un jefe nacido en Navarra y criado bastante más al este que era un poco sordo; de esa clase de sordos que en vez de gritar hablan muy bajito. Cuando se dirigía a un grupo grande en las convenciones de la empresa, siempre empezaba diciendo (léase con voz muy grave y mínima intensidad: "¿Se me escuchaá?" Hasta que alguien le contestó: sí, Rafa, sí; se te escucha y muy atentamente, pero como no hables más fuerte no se te oye nada. Como además de ser jefe –y no pese a ello– era muy buena persona, se lo tomó muy bien y trató –sin conseguirlo, por supuesto, tras ese día- de corregir esa forma de hablar en público.
Viene esto a cuento porque, cuando la contaminación lingüística está a punto de acabar con el verbo oír en radio y televisión, mire usted por dónde, llega Marisa Manchado y ¡qué bien, oiga! aclara conceptos ofreciéndonos un…
Comentarios