Para los que nunca hemos sido grandes entusiastas de la Orquesta Nacional de España, y que, además, como consecuencia directa de ello, llevábamos tiempo sin escucharla, fue una grata sorpresa reencontrarnos con ella bajo una apariencia distinta. Es posible que el rejuvenecimiento notorio de su plantilla, y la tendencia a equilibrar la proporción entre sexos haya beneficiado a la agrupación, que parece gozar de un oído nuevo, más preciso y fino, y más dócil también. Además, esta velada contaba con una batuta de excepción, por tratarse de uno de los directores más aclamados de la actualidad, de origen belga y residente en París: Philippe Herreweghe.
Antes de perdernos en la neblina del entusiasmo ante la novedad, pongamos los puntos sobre las íes. Los Kindertotenlieder (Canciones de los niños muertos) de Mahler, en la primera parte, sonaron…
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