Es de sobras conocido que Christopher Hogwood es un buen director de orquesta, aunque no esté entre esa lista de diez que a una se le viene a bote pronto a la cabeza. Con los directores no pasa como con los compositores, cuya primera condición para triunfar es estar muertos. Los directores, algunos, triunfan en vida. Hasta Mahler triunfó como director de orquesta mientras su música era repudiada por la mayor parte del público y de la crítica. En realidad el director lo tiene más fácil, no tiene que sorprender al público con una obra nueva. Le basta con saber hacer bien lo que el público conoce hasta la saciedad.No es poco. Que se lo pregunten a Beethoven, cuyo celébre Concierto para violín op. 61 quedó masacrado por la incapacidad de Hogwood para entenderlo, y la de Federico Gugliemo para tocarlo. Lo de Gugliemo tiene una excusa…
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