El bajo coreano Attila Yun estaba defendiendo con solvencia su expresiva parte del final del Confutatis, sobre las palabras de súplica Oro suplex et acclinis, cuando una bajada de tensión provocó un paulatino oscurecimiento del Auditorio. Primero, el efecto fue un acertado golpe escénico: una luz tenue que acompañaba el momento. Parecía que alguien se había empeñado en demostrar en la práctica aquello de que Verdi en su Réquiem había compuesto una ópera más. Pero después la situación se volvió más preocupante, de las medias luces pasamos a la oscuridad total; fueron solo dos segundos, pero lo justo para que el solista y la orquesta alemana se diesen cuenta de que lo anterior no era un mero efecto escénico. Eso sí todos reaccionaron con gran profesionalidad, continuando la música de memoria, al menos aprovechando la memoria a corto plazo…
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