España - Canarias

Labores poco estimulantes

Luisa del Rosario González
martes, 12 de diciembre de 2006
Las Palmas de Gran Canaria, viernes, 1 de diciembre de 2006. Auditorio Alfredo Kraus. David Garrett, violín. Orquesta Filarmónica de Gran Canaria. Günther Herbig, director. Raautavara : Cantus arcticus. Bruch: Fantasía escocesa, Op. 61. Sibelius: Sinfonía n.1 en Mi menor, Op. 39.Aforo: 1.600 localidades. Ocupación: 80%.
0,0002144 La historia de Finlandia es, hasta 1917, la historia de un país bajo el control de potencias extranjeras. Primero, bajo el reino sueco durante 600 años, y a partir de 1809 otro siglo bajo el imperio ruso. Sin embargo, fue Alemania la que conquistó en lo musical al país escandinavo, gracias al trabajo del director de orquesta Robert Kajanus y del pedagogo F.R. Faltin, ambos de origen germano, que se encargaron durante la última parte del siglo XIX de introducir en el país lo que se hacía en Alemania, incluida la música de Wagner.

Hasta entonces, la música popular escandinava había tenido poca presencia en la música artística, y no es hasta el estreno de 'Kullervo' de Jean Sibelius en 1892 cuando comienza a desarrollarse un sentimiento nacionalista que llevará a los creadores a reflejar la idiosincracia de su país. Todas las sinfonías de Sibelius se encuadran de alguna manera en este espíritu, comenzando por la Primera, en Mi menor opus 39. Terminada en 1898 y estrenada con gran éxito, durante mucho tiempo estuvo en el catálogo de las sinfonías 'exclusivamente románticas', si es que ese cajón existe, hasta que diversos estudios han comenzado a poner de relieve sus valores modernistas. El estado actual de cosas invitaría a pensar en esta obra como en un ejemplo más de las muchas que expresan el final de una época y el comienzo de otra. Pero sobre todo, reconoce en el compositor finlandés a un elemento continuador de la tradición sinfónica de un Beethoven o un Brahms.

La presencia de Sibelius en la música finlandesa posterior fue inmensa pero no infinita. Comenzó a decaer mucho antes del comienzo de la II Guerra Mundial, cuando los compositores del país pusieron sus ojos en la II Escuela de Viena y, sobre todo, en Bartok. La muerte de Sibelius en septiembre de 1957 marcó el final de una era. Aarre Merikanto, desde su privilegiado puesto como profesor de composición de la Academia Sibelius de Helsinki dictó los cánones estéticos a una generación de compositores entre los que destacan Aulis Sallinen, Paavo Heininen y Einojuhani Raautavara. Raautavara se dio a conocer en 1954 con su primer premio en el concurso de composición Thor Johnson de Estados Unidos por su obra 'Un Réquiem de nuestro tiempo', que muestra las formas neoclásicas en las que se movía el compositor en su juventud. A finales de la década, Raautavara fue becado para estudiar en Suiza con Wladimir Vogel, un apasionado admirador del sistema dodecafónico, y con el tiempo, Raautavara metió todos sus conocimientos en el mismo saco y hoy nos encontramos con el compositor que refleja la práctica totalidad de las tendencias en la que se ha movido la música de su país en los últimos cien años. Raautavara, que fue también el profesor de composición más influyente en la década de 1970, tiene como discípulos a Lars Karlsson (1953), Kari Kuosmanen (1946), Olli Kortekangas (1955) y los ilustres Esa-Pekka Salonen (1958) y Olli Mustonen (1967), ambos compositores pero más conocidos en sus respectivas carreras de director de orquesta y pianista.

Tal vez la obra más conocida de Raautavara sea su 'Cantus arcticus', un concierto para pájaros pregrabados y orquesta de 1972 cuya génesis conocemos con precisión gracias a una entrevista del compositor en el boletín del sello Diverdi: "La Universidad de Oulu, muy próxima al Círculo Polar Ártico, estaba preparando las festividades para su inauguración en 1972 y quería encargarme una cantata. Pero para un compositor, escribir una cantata para coro y orquesta, probablemente basada en un poema encargado a un poeta, no resulta la labor más estimulante. Así que decidí romper las tradiciones académicas con esta pieza, y me adentré con un magnetófono en las zonas pantanosas del norte, donde había pasado muchos veranos durante la infancia. El material recogido en estas cintas se procesó muy poco. Con la orquesta, intenté reproducir la oscilante atmósfera del crepúsculo norteño —frío pero muy estimulante, en la misma frontera entre lo real y lo imaginario—, ante la que se despliega el misterioso contrapunto de los cantos de los pájaros entre los murmullos del bosque; hay grullas, cisnes y especies no identificables, cuyos cantos imitan los metales de la orquesta. Para conseguir que los intérpretes se situaran, les sugerí por escrito que pensaran en el otoño y en Chaicovsqui...".

El año 1988 fue muy fructífero para Max Bruch (1838–1920), pues fue en esa fecha, sesenta y ocho años después de su muerte cuando Christopher Fifield publica la primera biografía sobre el compositor. Eso da una idea del escaso interés que ha tenido la musicología por una de las figuras más anacrónicas de la historia. Por ejemplo, en las más de mil páginas de 'Music in western civilization' (1941) de Paul Henry Lang, Bruch solo aparece citado una vez, y solo para engrosar una lista de “compositores sinfónicos activos en Alemania” a finales del siglo XX. Después de citar a una decena, Lang sentencia “solo Kalliwoda, Götz y Volkmann podrían tener algún interés”, de lo que se concluye que, después de todo, Bruch no ha salido tan mal parado, habida cuenta de en qué cunetas habrá quedado los tres citados. La Fantasía escocesa para violín y orquesta (1879-1880) engrosa con el Concierto en sol menor (1868), también para violín, y el Kol Nidre (1881) la lista de las tres obras de Bruch que siguen en el repertorio, aunque en el caso de la Fantasía su aparición es ciertamente ocasional.

75 años

Gunther Herbig es a sus 75 años un director de orquesta muy curtido y experimentado. Puede que sus lecturas no atiendan a las últimas tendencias estilísticas que exige cada compositor, pero su buen hacer garantiza resultados más que aceptables. Su 'Cantus Arcticus' transmite la paz de espíritu de la obra, produciendo un sonido sedoso y un tratamiento de la cuerda en consonancia con la sonoridad chaicovsquiana de la Serenata para cuerdas, lo que a tenor de lo dicho más arriba, debe satisfacer al compositor.

Sibelius recibe en manos de Herbig un tratamiento en clave más romántica de lo que hoy día podrían hacer directores más jóvenes, pero la interpretación es convincente, al menos para un lugar en el que la música del finlandés no es demasiado frecuentada. El modelo que sigue Herbig cumple con el protocolo de un primer movimiento melancólico, seguido de uno más lírico y plenamente romántico, el Scherzo firme y brusco y un Finalle brillante y abrupto. De libro.

El germano-americano David Garrett, discípulo de Ida Haendel e Itzhak Perlman, tiene --¡cómo no!-- suficiente solvencia para sacar adelante la Fantasía, a base de un buen trabajo de arco en el que se aprecia el trabajo de Perlman. Hubiese valido la pena conocerlo en otra circunstancias.
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