El Teatro Real ha acogido el estreno absoluto de la cuarta ópera del compositor Luis de Pablo, sin duda la más conseguida, con bastante más frialdad de la que ya es habitual en este teatro. Los espectadores que permanecieron en la sala hasta el final de la representación dedicaron tímidos aplausos al elenco, al director musical, al director de escena y al propio compositor cuando todos ellos salieron a saludar.
Mirando alrededor de mi butaca, tuve la impresión de que al público, en general, le ocurría lo mismo que pasaba hace ya muchos años en unos determinados cines de Madrid, especializados en la programación de "obras maestras" de nacionalidades exóticas y directores absolutamente desconocidos para el gran público: Que se aplaudía al final como con miedo de quedar mal ante tus compañeros de butaca. La película podía ser buenísima, pero…
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