Uno de los temas recurrentes en esas agradables tertulias de café de los aficionados a la ópera es el de la compleja relación de un cantante con su instrumento primordial, es decir, la voz: ¿hasta qué punto el talento y la disciplina mental de estos artistas tienen capacidad para gobernar la implacable y a menudo poco previsible evolución de tan delicado don, sujeto tanto a estas facultades intelectuales como a las del mero e inexorable deterioro físico? Existen, desde luego, numerosos ejemplos en todos los sentidos, tanto vale el del inconsciente derroche de un material privilegiado -Elena Suliotis, G. Cecchele, y un largo y triste etcétera- como el de esas carreras sabias de larga duración y excelentes resultados –Kraus, Scotto, Freni...La controversia se hace especialmente espinosa cuando se trata de cuestionar a esas figuras a las…
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