Una obra camino del dodecafonismo más furibundo, un estreno mundial, y una pieza inglesa de los años treinta: presentar semejante programa a los abonados en la temporada regular de una orquesta sinfónica supone, lisa y llanamente, jugarse el tipo; en Santiago de Compostela y en cualquier otra parte del mundo. No es de extrañar, pues, el descenso notable en la afluencia de público, si se compara con las sesiones inmediatamente anteriores; aunque la asistencia de esta noche podría equipararse a la media de otros años incluso para conciertos con programas más ‘fáciles’. Pero los que estuvimos, disfrutamos de una función de alto voltaje.
Esta noche oficiaba Edmon Colomer, a quien de entrada hay que agradecer que quiera actuar como director invitado con un programa de aquellas características (algo que no es habitual). Claro que Colomer se…
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