De muchos kilates se auguraba la velada que protagonizaron dos verdaderos monstruos de sus respectivos instrumentos, el violinista siberiano Vadim Repin y el pianista moscovita Nikolai Luganski; y a fe que no defraudó, ya desde la elección de un programa cómodo para el público pero no convencional, y unas hechuras en la ejecución que, con sus más y sus menos, mostraron a las claras las maravillas que produce la escuela musical rusa en todas sus vertientes.
Repin comenzó un poco inseguro en Janáċek. Al sonido le faltaba redondez y belleza en una obra cuyo tono no destaca por la agresividad, dejando aparte los efectos buscados en pianos y fortes, muy sugerentes pero con sacrificio de línea en múltiples ocasiones. Anotamos en el "debe" también algún problemilla técnico de poca importancia, como alguna nota aguda mal atacada. Luganski tampoco…
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