Recuerdo cuando llegué a Londres en 1972 haber escuchado el nombre de un joven director de orquesta, un prodigio que dirigía la Orquesta Juvenil de este reino. Simon Rattle era el joven director y siempre se caracterizó por su hambre de dirigir, por su entusiasmo con los ritmos, los acentos y el pulso. No todas sus interpretaciones eran modelos, pero tenían ese algo especial que lo distinguían del resto de sus pares. Pronto tomó una orquesta provincial y en pocos años la transformó en una excelente orquesta, si bien no del nivel de las realmente grandes. Los presupuestos provinciales británicos para la música no dan para crear superorquestas como en Holanda. Pasaron los años, y el joven director hambriento deseó descubrir nuevos horizontes y de pronto un día hubo una batalla campal entre dos directores totalmente diferentes, Barenboim y…
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