El primer jazz, antes de las escuelas especializadas y los diplomas acreditativos, era un arte salvaje. Cualquiera capaz de alzar el vuelo improvisando sobre las alas del swing tenía un lugar sobre el escenario, más allá de meritajes académicos. La música rugía entonces asilvestrada desde los atriles del Cotton Club tras la batuta de Duke Ellington, o salía en volutas tristes de la trompeta de Louis Armstrong en un tugurio de Nueva Orleans. Un día, aquel estilo firmemente asentado sobre la tradición estadounidense iba a confrontar por primera vez su imagen distorsionada en el espejo de la periferia. Desde Francia, un guitarrista gitano, nómada, analfabeto hasta el punto de deducir la hora por la situación del disco solar, les devolvería en los años treinta a los norteamericanos su propia versión de las melodías que cruzaban el atlántico…
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