Grinda se despidió de ‘su’ teatro, al que en once años ha hecho avanzar tanto, y antes de irse a Montecarlo a presidir los destinos de la Ópera del lugar le presentó un nuevo título, bien difícil, que él ama particularmente (el firmante mucho menos). Lo mejor fue precisamente su dirección escénica, pese a alguna caída inevitable en el acto griego, algún aquelarre demasiado discreto y modoso, y algunas soluciones mágicas demasiado sobrias (final del primer acto) o alguna ‘modernización’ del casi imposible acto segundo. Pero estuvo extraordinario en el prólogo, el acto de la cárcel y el breve final, y los movimientos de masa estuvieron por lo general muy bien resueltos. El coro (junto con el de niños) tuvo su mejor actuación en la temporada y la orquesta sonó bien técnicamente. Si estuvo en estilo, si los decibelios fueron excesivos, los…
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