En el improbable caso de que alguien recuerde el título, no, no se trata de la obra de Alarcón. Se trata de uno de los momentos más sobrecogedores de la historia de la ópera (en realidad, casi toda ella lo es, pero en particular, y esta vez aún más, prácticamente el segundo acto en su totalidad), al que me aferro para escribir una reseña demorada en casi siete días.
La vida suele ser misteriosa, además de innecesariamente complicada y penosa. Uno se va de fin de semana a Barcelona a ver amigos, el sol, todo marcha sobre ruedas, tiene el privilegio de ver una magnífica obra de Goldoni -en medio de un calor sofocante que no puede con la atención del público en dos horas y media pese a la versión original y unos subtítulos poco sincronizados- para la que han unido sus fuerzas los teatros de Venecia y Génova en una dirección excepcional de…
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