Resulta sorprendente que una ciudad como Londres no disponga de salas de concierto con buena acústica, si exceptuamos el Wigmore Hall. De todas las salas, quizá sea el Royal Albert Hall una de las que tiene peor acústica, y eso que -según parece- mejoró mucho la misma después de que en 1969 colgaran del techo una serie de discos difusores de fibra de vidrio (más comúnmente conocidos como “setas” o “platillos volantes”) con los que se logró contrarrestar el tremendo eco de la sala. Hasta ese momento solía decirse, con la habitual flema británica, que uno podía escuchar dos veces el concierto al que asistía. No obstante, hay veces que el Royal Albert Hall suena como una sala con buena acústica y cuando eso sucede el mérito completo es para la orquesta y su director. Mark Elder volvía a los Proms después de haber sido el último maestro de…
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