Está ya muy manido eso de decir que existen muchas obras que merecerían más y mejor presencia en el repertorio habitual de las orquestas y de los solistas. Pero es que no me explico por qué el Concierto para violín de Britten (1939) se toca tan poco (no soy yo ejemplo de nada, pero la de esta noche fue la primera vez que lo he escuchado en vivo): que la obra es difícil para el solista, desde luego, pero no más que los conciertos para violín habitualmente programados; y que también lo es para la orquesta, pues también, aunque igualmente no es imposible. De modo que esto sólo tiene la justificación de la inercia propiciada por la costumbre a uno y otro lado del escenario.Porque la obra es preciosa: en disco ya me parecía atractiva, pero en directo ha sido una revelación; y en la interpretación de Frank Peter Zimmermann y Mariss Jansons,…
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