Pues lo siento por Brahms, que a pesar de ir en la segunda parte del concierto, quedó de telonero. Y bien mal que me sabe, porque no les tengo que contar cuánto disfruta un servidor -sinfomaníaco hasta el tuétano- con las obras orquestales del buen Johannes. Pero es que James Levine apretó el acelerador desde el mismísimo arranque de la pieza y no levantó el pie hasta llegar al final: para haberse matado. Y otro tanto sucedió en la primera de las Danzas húngaras que sonó de propina, carente de cualquier matiz.
Si lo que quería Levine era hacer ostentación de virtuosismo sinfónico, lo consiguió, porque los de la Boston Symphony tocaron como jabatos; pero a costa de tenerme padeciendo todo el rato, y eso no es plan, ni para mí ni para Brahms. Ciertamente, la tensión brahmsiana no puede derivarse de una dirección delirantemente rápida; la…
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