Es un placer organizar una salida expresamente para escuchar música; seleccionar el concierto meses antes, elegir cuidadosamente el asiento, ir escuchando por el camino las versiones grabadas de los participantes, llevar incluso preparada la libretita de autógrafos. Se trata de un ritual estupendo que inviste al acontecimiento de un aura casi sagrada, y que uno, si se lo puede permitir, no debe perderse.Pero a este cronista le gusta más, si cabe, coger al vuelo la oportunidad en medio de un viaje. Entonces uno va al conserje del hotel y le pide entradas, las que queden, o se va solo a la puerta del teatro a lo que salga, enterándose en el taxi de quién canta mientras se hace el nudo de la corbata. En el viaje ex profeso uno va tenso, expectante, con el aspecto pálido y febril de los iluminados -a veces, si es muy joven o muy fanático, la…
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