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La Sinfónica de Galicia (ES) se gana el corazón de los brasileños

Redacción
La Sinfónica de Galicia (ES) se gana el corazón de los brasileños
6,85E-05 La Orquesta Sinfónica de Galicia (España) se ganó el corazón de los brasileños en el mismísimo pulmón de la ciudad brasileña de Sao Paulo. Aunque el sol ya lucía bien alto en el cielo, la actividad no amaneció en la infinita ciudad de Sao Paulo hasta que la OSG inició el camino de notas de la obertura de 'Candide', un personaje creado por Voltaire en la Francia del siglo XVIII y al que Leonard Bernstein puso música en el XX.

El sol revienta de gozo hasta alcanzar los 36 grados en la lenta mañana de este domingo del "invierno" brasileño. La ciudad parece resistirse a despertar. A las once, el Parque Ibirapuera se sacude poco a poco la soledad de la noche con la llegada de sus primeros visitantes; muchos de ellos (tal vez más de 2000, es difícil saberlo) lo hacen  para escuchar el concierto matutino con el que la OSG abre la serie de tres programas que ofrecerá en esta ciudad brasileña.

Este "árbol podrido" (traducción de la palabra indígena "ibirapuera") es el mayor de los parques de una ciudad cuyas dimensiones, cifras y estadísticas han crecido hasta enloquecer: 15 homicidios diarios, la mayor colonia de japoneses del mundo (más de un millón) y la mayor ciudad del hemisferio sur de este planeta que ya se le ha quedado pequeño.

En este pulmón de árboles centenarios la OSG y Víctor Pablo Pérez ganaron para su causa el corazón de los paulistas. Lo hicieron a golpe de ritmo, primero con la música tan próxima al jazz de Leonard Bernstein y después con el hechizo de la música española de Manuel de Falla. Tampoco faltó la chispa hispana del ruso Rimski-Kórsakov con su Capricho español y también hubo tiempo para algo de Stravinski y su Pájaro de fuego.

En los bises y con la zarzuela en la punta de su batuta, Víctor Pablo consiguió levantar al público sentado sobre el césped del parque, que no dejaba de aplaudir y vitorear cada una de las piezas ofrecidas, fuera ya del programa. Incluso quienes huían del sol asesino protegidos por buena sombra se pusieron a bailar: allí una pareja de japoneses marcando el pasodoble, aquí una señora que bajo un periódico como improvisado sombrero movía caderas para seguir las piezas.
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