Hay un refrán que dice "lo que abunda no daña". Eso no siempre es válido, sobre todo cuando se aplica a un programa de concierto. Una obra mal escogida o que parece no encajar bien con el resto puede ser un demérito para el intérprete.
Tal es lo que a mi juicio sucedió con la Sonata de Beethoven que abrió este recital. Amén de que prolongó exageradamente la duración de la primera parte (que superó la hora de música) su interpretación no alcanzó a convencerme plenamente. Las notas aparecieron, pero de allí a que estuviese presente el espíritu beethoveniano hay una cierta distancia, que el pianista aún no logra cubrir. Faltó comunicatividad y vuelo, el discurso y el pulso rítmico se notaron fragmentados y sobró energía en muchos acordes, tocados con excesiva rudeza y que sonaron percutidos. Por su parte, en el hondo 'Largo, con gran…
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