Bélgica

El discreto encanto de Cimarosa

Jorge Binaghi

jueves, 21 de febrero de 2008
Lieja, jueves, 7 de febrero de 2008. Opéra Royal de Wallonie. Il matrimonio segreto (Viena, Burgtheater, 7 de enero de 1792), libreto de Giovanni Bertati, música de D. Cimarosa. Dirección escénica y luces: Stefano Mazzonis di Pralafera; escenografía: Jean Guy Lecat; vestuario: Fernand Ruiz. Intérpretes: Cinzia Forte (Carolina), Priscille Laplace (Elisetta), Daniela Pinti (Fidalma), Alberto Rinaldi (Geronimo), Aldo Caputo (Paolino) y Mario Cassi (Conde Robinson). Orquesta del Teatro. Dirección: Giovanni Antonini.
Il matrimonio segreto podrá no competir (o perder en la competencia) con Mozart; no es el torbellino, serio o cómico, que aparecería de allí a poco con Rossini. Pero no es como para que siga siendo de frecuentación más bien escasa, pese a tratarse de la obra más conocida y representada de Cimarosa hoy (lo que no hace justicia a sus otras hermanas, cómicas o serias, pero sobre todo no hace justicia a su autor). Y luego están esas producciones ‘de concepto’, que con el tipo de ópera cómica -sobre todo- del siglo XVIII no tienen nada que hacer y terminan rompiendo el delicado equilibrio entre una trama frágil y casi siempre convencional y una música suspendida en el tiempo (véanse las arias ‘no cómicas’ de esta obra sin ir más lejos).

Por eso fue una suerte que el director del teatro se encargara personalmente de la puesta en escena, si se quiere ‘tradicional’, cuando ‘tradicional’ sólo es sinónimo de sensatez, legibilidad de acción y palabras, ironía y comicidad cuando hacen falta pero no a toda costa (y eso que los sirvientes mudos, útiles y simpáticos, fueron tal vez algo excesivos, sobre todo el ‘políticamente incorrecto’ viejo servidor con Parkinsons y torpe). Ah, y buen gusto (o malo cuando se trata de personajes venidos a más pero sin verdadera distinción). La presentación de la hermana mayor como una mujer horrorosa (nariz y hasta algo de barbijo, casi al punto de ser un precedente de ‘Baba the Turk’) ayudó a la comicidad pero quizá no fue tan necesaria (con la nariz ya teníamos bastante). Pero hubo dinamismo sin que estuviéramos en el movimiento perpetuo y sin sentido de tanta producción reciente y, sobre todo, teniendo muy en cuenta que los cantantes, bien que deban actuar, no son forzosamente primeras figuras del teatro de prosa y que necesitan espacio y posturas para poder, precisamente, cantar.

Fue excelente idea traer a Giovanni Antonini a dirigir una ópera que parece atraerlo pese a su especialización en el barroco (cierto, los metales no deberían tener tanta preponderancia y menos en detrimento de las voces, pero es la única objeción que se le puede hacer desde la chispeante y encantadora obertura inicial). La orquesta sonó muy bien y atenta….y alguna vez algo fuerte, lo que no alcanzó a disminuir el mérito de la ejecución y de la interpretación, ya que el joven maestro tuvo siempre la situación bajo control.



Fotografía © 2008 by Jacques Croisier

Para los cantantes, se contó con una distribución muy joven y prometedora, si se hace caso omiso del ‘don Geronimo’ del veterano Rinaldi, a quien sin embargo la voz le permite aún medirse con su aria de salida y salir airoso. Lo mismo con otros momentos de envergadura, y no digamos ya los recitativos y el dominio del escenario.
Quien ya es conocida en los círculos europeos (al menos) es la soprano ligera Cinzia Forte, que por primera vez me convenció de modo prácticamente total, pese a una voz que no es memorable por el timbre y a que presenta algunas zonas con tendencia a la rigidez. Pero se movió y dijo muy bien (la articulación de todos fue esencial para el triunfo de la velada) y cantó con gusto y coherencia.

Aldo Caputo es muy joven, cosa que es muy de agradecer en un ‘Paolino', al tiempo que se entrevé su poca experiencia teatral y -tanto en el aria como en los duetos- hace gala de una emisión que le hace tensar sin necesidad el registro superior.

Daniela Pinti, la tía solterona y en busca de marido, compuso una divertida 'Fidalma', casi ninfómana hacia el fin, con la misma buena voz de mezzo que le recordaba de su ‘Melibea’ del Viaggio a Reims en Bruselas, pero en algunos puntos sonó opaca y en otros muy de pecho, por lo que se sugeriría una mayor estabilidad en la colocación de la voz.

Otro joven, Mario Cassi, demostró su valía (superada su escena de entrada, que lo encontró un tanto vacilante) y su voz de barítono se escuchó bien (tal vez, si todo sigue bien, su futuro esté en repertorios posteriores), e hizo gran efecto en sus dúos y conjunto, en particular en el gran dúo cómico con Rinaldi.

Aunque en su aria la voz sonó monocorde y no tuvo una repercusión importante, todo el resto de la labor de la ‘Elisetta’ de Priscille Laplace (que como la mayoría, debutaba en el Teatro y algunos en el papel) fue todo un acierto de composición, pero también de canto, aunque nuevamente el timbre no parezca tener ese marca indeleble de los grandes (ni falta que le hace al papel).

Y sobresaliente y merecidamente aplaudida, como lo hizo al final de la representación el propio maestro, la labor al clave de Hilary Caine.

Comentarios

Para escribir un comentario debes identificarte o registrarte.