Vladimir Jurowski, el joven moscovita que dirigió la Patética en Londres hace unas semanas, ha mamado gran parte de su educación musical en Alemania. Tal vez por ello su lectura alcanzó intensidad a través de una reconcentrada mesura y aceptación de la tragedia insinuada en el apodo de la obra. El otro moscovita, el ya maduro Valeri Gergiev, trajo ahora una versión mas rebelde y apasionada, mas característica tal vez de ese lugar común llamado ‘alma rusa’, que para los ingleses es siempre arrebato y adrenalina con olor a vodka. Pero Gergiev, ciertamente un director de orquesta dado a esas extroversiones estridentes que tan mal sientan a su Wagner, sabe bien que ni para Chaicovsqui ni para la Patética hay lugar común que valga y por ello dio a la trascendente intemporalidad de la obra un tratamiento ciertamente más extrovertido que…
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