Reportajes

Anton Karas, el tercer hombre

J. Antonio López Silva

Lamento haber tardado tanto en volver a continuar con la serie Vicus Tuscus. Espero que sabrán perdonarme, pero diferentes compromisos profesionales y familiares retrasaron este encuentro que llevaba preparando desde hacía semanas. Como había adelantado, hoy me gustaría comentarles mis reflexiones sobre la película de Carol Reed, El tercer hombre y las funciones específicas dentro del filme de su banda sonora.En breve tiempo publicaré un artículo sobre Max Steiner, Casablanca, y los compositores Alemanes en el Hollywood de la Preguerra y los años de Postguerra, y posteriormente, con detalle, un análisis de la función de la ópera y de la música dentro de la saga de El padrino, de Francis Ford Coppola. Espero que sea de su agrado, y como siempre, les reitero a que me envíen sus comentarios, sugerencias, correcciones y cualquier otro…

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Notas

Para mí es imposible escribir el guión de una película sin antes escribir un relato. Una película no depende sólo de una trama argumental, sino también de unos personajes, un talante y un clima, que me parecen imposibles de captar por primera vez en el insípido esbozo de un guión convencional [..] El tercer hombre nunca pretendió ser más que la materia prima para una película ... Graham Greene, El tercer hombre, Madrid, Unidad Editorial, 1999, p. 12.

G. Greene: El tercer hombre, Madrid, p. 12.

Un detalle. Justo antes de entrar en la casa de Lime, Holly Martins pasa por debajo de una escalera. Símbolo de la mala suerte que lo acompañará desde al principio al fin de la película.

Recuérdese cuando el portero señala, equivocadamente o a propósito, el cielo hacia abajo y el infierno hacia arriba, indicando donde puede estar Lime ahora. Es la indicación de que nada será lo que parece, de que la realidad es más compleja de lo que a simple vista percibimos, o nos gustaría percibir según ciertos moldes, sean estos los del policía avezado a un método de trabajo más o menos productivo, o a las creencias en el honor y la lealtad de un escritor empobrecido.

Considero, aunque lo aclararé más adelante, que para mí, uno de los sentidos significadores primarios de El tercer hombre no es el de una reflexión sobre la amistad o la lealtad, o sobre el mercado negro en la postguerra, sino sobre todo, la visión de los acontecimientos de unos personajes perdedores. No es casual que Mike Figgis, en su película Leaving Las Vegas, realice un homenaje a El tercer hombre, en la terraza de un motel, en el otro extremo de la cámara, ocurre ese mismo momento de acercamiento fallido entre Martins y Anna que resulta ser uno de los encuentros íntimos más logrados entre la prostituta y el alcohólico:. Igual de fallido será el encuentro roto por la caída y la rotura de las botellas y la mesa que provoca el personaje interpretado por Nicolas Cage. La similitud funcional y semántica en la interpretación y conexión de ambas historias me parece muy significativa.

Se percibe también en la frase de despedida con la que termina su encuentro, y que no aparece en la novela. Recuerda lo que dijo no sé quién: En Italia, en treinta años de dominación de los Borgia, no hubo más que terror, guerras, matanzas, pero surgieron Miguel Ángel, Leonardo y el Renacimiento; en Suiza, por el contrario, tuvieron quinientos años de amor, democracia y paz, ¿y cuál fue el resultado? Los relojes de cuco. Buen día, Holly. La cultura de Lime no está nada mal. Rodrigo Borgia, nombrado Papa como Alejandro VI en 1492, fue un gran mecenas de diferentes artistas y humanistas. Su hijo, César Borgia, nació en 1475, el mismo año que Miguel Ángel. Para él trabajó como arquitecto militar Leonardo da Vinci (1452-1519) Su muerte coincide el mismo año en que moría otra Borgia, Lucrecia, a los treinta y nueve años de edad. Es discutible la afirmación de que los estatutos cantonales suizos sean democráticos, pero además, los relojes de cuco son un invento bávaro, y no suizo, pese a la tradición. De todos modos, la frase define muy bien al propio Lime: brillante, sagaz, mordaz y no del todo creíble.

G. Greene: El tercer hombre, Madrid, p. 124

Reed pensaba que mi final (...) podía resultarle al público, que acababa de ver la muerte y el entierro de Harry, desagradablemente cínico. Me convención sólo a medias; temía que poca gente iba a aguantar en sus butacas el largo paseo de la muchacha desde la tumba y que el resto de los espectadores abandonaría el cine pensando que ese final era tan convencional como el mío. Yo no sabía hasta dónde podía llegar la maestría de Reed, y por entonces, por supuesto, ninguno de nosotros preveía el descubrimiento que hizo de Anton Karas, el tañedor de cítara. G. Greene, El tercer hombre, Madrid, p. 13.

G. Greene, El tercer hombre, Madrid, p. 124

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