Siempre que Enrique Sacau tiene ganas de fastidiarme, me pregunta por mi ‘moribunda afición a los conciertos de música sinfónica’. Tiene razón: al menos comparados con los espectáculos operísticos, es evidente que los conciertos puramente orquestales no disfrutan del mismo favor del público, ni muchísimo menos. No es éste el momento para analizar las razones de dicha lenta pero implacable agonía, aunque ahora no me resisto a traer a colación dos de ellas: por un lado, la ópera ha sabido presentarse de forma renovada gracias a las puestas en escena -ya no se va a ver, por ejemplo, La Traviata de Verdi, sino La Traviata de McVicar-, y por otro, el público mantiene fervores y devociones hacia los cantantes mucho más encendidos que los que gozan los directores de orquesta. Gustavo Dudamel y la Orquesta Simón Bolívar no van a alterar…
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