Cualquiera que se acerque con un mínimo de curiosidad a la obra de Ambroise Thomas no puede sino sentir la injusticia de la lapidaria afirmación de Chabrier: “Hay dos tipos de música, buena y mala. Y luego está la de Ambroise Thomas”.En los últimos años el repertorio galo decimonónico se va afianzando, poquito a poco, entre la discografía oficial, en la que ocupa un lugar indudablemente modesto frente al italiano o el alemán del XIX. Y siempre ocupado por las obras maestras, y dominado en consecuencia por Gounod, Bizet y Massenet. Autores como Meyerbeer, considerado en su momento el compositor más influyente de Europa, paradigmático en la grand-opéra, sufren un ignominioso ostracismo. No digamos ya Thomas, cuya obra revive siempre por el interés de primeras figuras. Así, Marilyn Horne grabó en 1978 Mignon, su obra maestra en el género de…
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