Prokofiev y Gergiev son bien conocidos aquí gracias a sus visitas en los últimos años con la orquesta de Rotterdam y el Mariinski, sea en ópera o concierto. Faltaba ahora verlo con una de ‘sus’ orquestas, la London Symphony. Un conjunto flexible, plástico, con toda la gama de edades (ver a una flautista sonreír complacida por su ejecución de un pasaje difícil y luego seguir con atención el trabajo de sus compañeros es un placer y un ejemplo superado sólo por el del joven violonchelista que tocó -junto con sus colegas- el último movimiento de la Sexta como si se le fuera en ello la vida, que es como debe ser la ejecución de cualquier artista que se precie de ser algo más que un instrumentista dotado), un arpista masculino y ninguna sección débil. Como de costumbre, Gergiev sabe hacerlos sonar como si no existieran límites a la intensidad…
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