Pocos pasajes en la Biblia resultan más proclives al riesgo de interpretaciones megalómanas que la transfiguración de Cristo. No se lo digan a nadie hasta después de mi muerte, pidió el Redentor a los dos discípulos escogidos para testimoniar la charla con Moisés y Elías que precedió su radiante transformación en luz y energía. Sospecho que el Mesías, por su propia decisión atado en parte a las limitaciones de la naturaleza humana, no alcanzó a prever que su extática mutación sería homenajeada por una composición de ciento diez minutos a cargo de un coro de cien voces, siete solistas y gran orquesta. Porque si nuestro sencillo rabbi hubiera conocido estas derivaciones, seguramente hubiera extendido ad eternum el pedido de no contárselo a nadie. La obra esta dividida en dos Septenarios o partes con siete movimientos cada una, todas ellas…
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