La frase la dicen, más de una vez, el ‘coro masculino’ (tenor, la parte que estrenó Peter Pears) y el ‘femenino’ (soprano). Cantan en esta esencial pero notable producción del venezolano Carlos Wagner muchas veces vendados, como símbolo de lo perdido que está el ser humano, lo a ciegas que camina y que, según esta obra (algo más bien raro en Britten), sólo se explica, justifica por la pasión de Cristo. El hecho es que toda la obra es lo ‘trágico’, lo ininteligible, lo inexplicable, lo injusto, lo fatídico (tanto lo que se ve como lo que se nos cuenta, en esa genial ocurrencia de hacer interactual a los que comentan o relatan con los que obran, tan afín en el fondo a la tragedia griega y tanto más ‘teatral’ y logrado que el experimento de Oedipus Rex, aunque la música sea magnífica). Y el hecho es que si no nos ponen al final el recuerdo…
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