“Adiós al techo” pensé cuando anunciaron que el nuestro era el último avión autorizado a aterrizar en Oslo, pero…no. Una mañana de sol bastó para disolver las primeras nieves de otoño, y permitirme observar desde el hotel a los primeros visitantes dispuestos a desafiar la prohibición de transitar, con riesgo de patinar en parches de hielo, las explanadas de mármol de Carrara que sirven de techo a la nueva Opera. La inclinación es poco acentuada, con diversos bloques ligeramente escalonados, y como la superficie es arrugada los visitantes pueden, antes de la función, ensayar ejercicios contra la artritis sin romperse la crisma. Y la sensación es de regocijante calma, gracias a esa blancura y ligera superposición de planos con el horizonte y la apacible corriente de agua del fiordo de Oslo que rodea al edificio. Una vez dentro de este gran…
Comentarios