Para una buena parte de los asistentes a un concierto, la música clásica empieza y acaba en ese acto, cuyo decimonónico ritual se guarda como oro en paño en pleno siglo XXI. Un conjuro sagrado y áureo que forma parte de ese castillo en que se guarda eso que se ha dado en llamar las tradiciones propias. Ese conjunto de viejas normas y costumbres socio-culturales de las que se dota cada grupo para considerarse superior al resto de una sociedad de la que, quiera o no, forma parte. La música empieza y acaba para ellos en esos actos, en sus importantísimos entreactos, y en sus habituales prolongaciones gastronómicas, sociales y mixtas. Hay, no obstante, todo un mundo que desde la platea y la cafetería o restaurante de turno no se llega a vislumbrar y menos a valorar en todo lo que supone de trabajo y dedicación. La Real Filharmonía de Galicia…
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