Cuando Haitink y la orquesta del Concertgebow me precipitaron en un mundo sonoro hasta entonces desconocido con la Sinfonía Fantástica de Berlioz en el Colón de Buenos Aires, el holandés tenía mas o menos cuarenta años. Y ahora que tiene ochenta nos volvemos a encontrar en Londres con la misma orquesta, luego de habernos cruzado incesantemente en la Royal Opera House, en Glyndebourne y en conciertos con diferentes orquestas. No hay celebraciones rimbombantes, como es el caso de tantos colegas, porque ni Haitink ni la Concertgebow admiten banalidades en su osmótica relación vital. Verlos hacer música es como presenciar un diálogo que el maestro y sus ejecutantes desarrollan como si la sala estuviera vacía. Y Haitink es siempre el mismo, a los ochenta como a los cuarenta, con esa parsimonia reminiscente de Richard Strauss que le protege de…
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