Un programa ecléctico, con obras de cuatro periodos diferentes bien definidos, nos permitió tomar contacto por vez primera con un director belga que fuera discípulo, entre otros, de Arturo Diemecke, del que sin duda heredó una cierta grandilocuencia gestual así como algunas posturas y actitudes, adaptándolas a su personalidad e idiosincrasia. Para poner un ejemplo visible para todos, si el actual titular de la Filarmónica emplea un saltito para descender del podio, el visitante lo usa para subirse al mismo.
Aunque a veces Van de Velde deba bajarse sin que se haya tocado una sola nota, como sucedió en esta oportunidad. Cuando se disponía a comenzar el programa, sonó un móvil. Se volvió hacia el público con una mirada seria. Intentó de nuevo iniciar su tarea, pero sonó otro celular. Ahora se volvió con un gesto más enojado, tras lo cual…
Comentarios