Como se sabe, durante el barroco, el clasicismo y el período romántico, los oyentes de aquellos tiempos, desde los primeros conciertos públicos en Inglaterra, requerían permanentemente la obra nueva, el estreno, el último trabajo de los compositores. Hoy las cosas son diferentes. Al público le cuesta entender lo que no conoce. Le cuesta apreciar, gozar o no, abrir juicio de valor sobre la nueva composición. Páginas de Vivaldi, Bach o Haendel; Mozart o Haydn; Mendelssohn, Beethoven, Chopin, Liszt o Brahms se escuchaban una vez o poco más. Aparecieron los críticos, algunos de ellos famosos, aun en nuestros días, que alegremente aprobaban la novedad o la hundían sin más trámite. Así se equivocaban. Así dijeron, por ejemplo, que el primer movimiento de la Novena Sinfonía de Beethoven era un monstruo sin pies ni cabeza. Con esto intento…
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