Hace unos dias, asistiendo a una representación de L’elisir d’amore en el Festival de Glyndebourne, sufrí una tremenda envidia. En el segundo acto, cuando el coro de chicas comenta que Nemorino es el heredero de una gran fortuna (“Saria possibile? – Possibilissimo”), pasando de ser el tonto del pueblo al hombre más deseado, un señor sentado en la fila delante de la mía no pudo más. Comenzó a alzar los hombros y cubrirse la cara para evitar las carcajadas. A pesar de la oscuridad de la sala, pude ver cómo se ponía rojo, hinchado, y cómo la pajarita se le movía al ritmo de sus espasmos. Su acompañante le pasó pañuelos de papel hasta que se le acabaron y el hombre no podía parar de reír. Le pregunté a la salida si era su primer Elisir y me dijo que sí. Al llegar a esa escena de la ópera siempre sonrío: por una parte es demasiado divertida…
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