Discos

Este Donizetti es indispensable

Raúl González Arévalo
miércoles, 7 de octubre de 2009
Gaetano Donizetti: Parisina, melodrama en tres actos (1833). Libreto de Felice Romani. Dario Solari (Azzo), Carmen Giannattasio (Parisina), José Bros (Ugo), Nicola Ulivieri (Ernesto), Ann Taylor (Imelda). Geoffrey Mitchell Choir. London Philarmonic Orchestra. David Parry, director. Grabado en el Henry Wood Hall, Londres (Reino Unido) en diciembre de 2008. 3 CD (DDD) de 160 minutos de duración. Opera Rara ORC40. Distribuidor en España: Diverdi
0,0003462 Con un catálogo de más de setenta óperas, de las que “sólo” ha grabado diecisiete con la presente Parisina, las oportunidades de Opera Rara para profundizar en el catálogo de Gaetano Donizetti están muy lejos de agotarse. Naturalmente los grandes títulos tienen todos registros de referencia, lo que no impide que queden obras maestras esperando su oportunidad, como ocurrió con Dom Sébastien, cuya grabación fue una de las aportaciones más importantes de los últimos años al catálogo del bergamasco (ORC33, ver crítica).

La discografía donizettiana está llena de buenas grabaciones de obras artesanales, pésimas opciones de obras maestras y, sobre todo, de oportunidades perdidas o sólo parcialmente cumplidas. El caso de Parisina es un tanto particular: se trata de una ópera del primer período de madurez a partir del gran éxito en 1830 con Anna Bolena, a la que siguieron aportaciones fundamentales como L’elisir, pero también fracasos estrepitosos como la interesante Ugo, conte di Parigi (ORC1). Fue un encargo expreso para el Teatro della Pergola de Florencia en 1833, el año en que Lucrecia Borgia abrió la temporada de la Scala y Torquato Tasso (otro título para los ingleses) se estrenó en Roma. El papel protagonista fue un imán para las sopranos en las décadas centrales del siglo XIX, mientras que en el XX su nombre estuvo fundamentalmente unido a Montserrat Caballé. Incomprensiblemente no hay registro publicado con Mariella Devia, pero a cambio Bongiovanni sí prestó atención a una modesta producción italiana. En medio brillaba sola Alexandrina Pedantchanska. La nueva propuesta de Opera Rara es indispensable por muchos motivos. Pero antes, una breve valoración de la obra en el catálogo donizettiano.

En la gestación de Parisina concurren circunstancias repetidas en la carrera de Donizetti: aunque por una vez disponía de muchos meses para completar la partitura, el retraso continuado de Felice Romani le dejó poco menos de tres semanas al final; cierto es que el famoso libretista escribió el que está considerado uno de sus mejores libretos; y por fortuna el Cisne de Bérgamo compuso una música muy inspirada. Aunque sin un número tan espectacular como pueda resultar la escena de la locura de Lucia o las escenas finales de las reinas Tudor, la obra está plagada del mejor sello de las típicas melodías donizettianas, comenzando por las tres arias de la protagonista: magistral la línea soñadora que nunca se repite en 'Sogno talor'; enorme la fuerza de la escena final y la violencia de su dúo con ‘Azzo’, conforme al temperamento dramático de Carolina Ungher. Los concertantes de los dos primeros finales están introducidos, como otros más famosos ('Io sentii sulla mia mano' de Anna Bolena o 'Chi mi frena' de Lucia), de manera individual por uno de los personajes principales, a los que se le van sumando los demás con melodías individuales que culminan en un crescendo de gran efecto dramático. Barítono y tenor tienen sendas escenas, en el caso de este último la en su tiempo agudísima y famosa 'Io sentii tremar la mano', destinada a Gilbert-Louis Duprez, antes de hacerse famoso como 'inventor' (más bien difusor según las investigaciones de los últimos años) del Do de pecho.

Parisina
tiene una estructura compacta (aunque algo desequilibrada, con un tercer acto muy breve) y como bien describe Jeremy Commons en su magnífico -como siempre- ensayo introductorio, se trata fundamentalmente de una ópera de sentimientos más que de situaciones, en las que el perfil psicológico de los personajes tiene más importancia que las acciones. Y la música lo recoge magníficamente, aunque quizás sea oportuno citar a William Ashbrook, biógrafo pionero de Donizetti, recientemente desaparecido, a cuya memoria está dedicada la grabación: “Donizetti da rienda suelta a una energía dramática inigualada por nada compuesto hasta este momento (…) Parisina contiene algunos de sus retratos musicales más ricos (…) entre las setenta óperas del compositor, esta obra psicológicamente expresiva era la preferida de su autor, un aval indudable”.

Con semejante presentación resulta muy llamativo que la obra no se haya establecido en el repertorio. Después de escucharla (no descubriré nada nuevo a quienes ya la conozcan) resulta inexplicable. Recomiendo vivamente a quienes deseen un primer acercamiento que lo hagan con el nuevo lanzamiento de Opera Rara, cuya labor de conjunto no tiene rival.

No cabe duda de que Montserrat Caballé en estado de gracia, en el cenit de su arte vocal en 1974 (Myto), supone un reclamo imposible de superar. Pero no es menos cierto que brilla prácticamente sola: Pruett y Quilico no pasan de la corrección, más si uno piensa que en esos años se podría haber contado con Pavarotti, Kraus, Bruson y Cappuccilli. Sobre la grabación de Bongiovanni, llena de cortes, mejor correr un tupido velo; comparte con la de Dynamic al tenor, correcto Moretti, pero el barítono, De Andrés, resulta brusco y fuera de estilo. El sello genovés tiene su principal activo en la prestación de una joven Alexandrina Pendatchanska que, si no alcanza el nivel de virtuosismo vocal de la catalana, se presenta en gran forma y, sobre todo, insufla una gran fuerza dramática -incluso violencia- al personaje gracias a un fraseo irreprochable.

El papel protagonista, pensado para Carolina Ungher después de su evolución desde contralto (estrenó la Novena Sinfonía de Beethoven como tal) hasta soprano dramática, no exige la extensión ni el virtuosismo de una Lucia, pero sí requiere especial atención al fraseo y el acento dramático, de forma que no puede resolverse de manera abstracta.

El mejor ejemplo lo constituye la escena final. Carmen Giannattasio, que debutó en Opera Rara con La donna del lago de Rossini (ORC34, leer crítica), a pesar de haber sido la tercera opción tras Patrizia Ciofi y Ekaterina Siurina, ofrece la que sin duda es su mejor prestación discográfica hasta la fecha. No cabe duda de que este Donizetti conviene a su voz lírica con tintes spinto mucho más que otros papeles rossinianos frecuentados hasta la fecha (a la espera de escuchar Ermione que Opera Rara tiene previsto publicar en septiembre de 2010). Discípula de Leyla Gencer en la academia de La Scala, no cabe duda de que ha asimilado las enseñanzas de su mentora, superándola incluso en algún punto: el estilo es impecable, como la intención en el fraseo, y el gusto es superior, pues no hay golpes de glotis efectistas. Sólo una amonestación: al igual que Gencer, Giannattasio tiende a realizar las agilidades semi-ligadas en vez de completamente ligadas.

El instrumento es sorprendentemente homogéneo, aunque en ocasiones se eche en falta un mayor espesor en el extremo grave, y penetración y firmeza en el extremo agudo (hablo exclusivamente de notas puntuales). El canto está constantemente matizado, siendo particularmente expresivas las messe di voce que introduce sutilmente. Pero lo mejor es cómo actúa con la voz, a través de una variedad de colores y claroscuros muy atractivos, captando la esencia desamparada que el personaje muestra desde su primera aria ('È in me natura il pianto. Forse un destin'). La solvencia de la técnica y el legato superan la prueba de fuego de 'Sogno talor', saliendo con la cabeza alta en una comparación con Caballé; el temperamento queda oportunamente expresado en el dúo con ‘Azzo’ y la cabaletta final ('Ugo è spento'), más matizado que el de Pendatchanska. En definitiva, toda una creación.

Pero si algo diferencia esta grabación de las demás es el altísimo nivel global. José Bros no tiene competencia como ‘Ugo’. El tenor catalán hace tiempo que parece haber encontrado el secreto para dominar los papeles de Duprez y Rubini, y es un consumado especialista como intérprete de Donizetti. Opera Rara hará muy bien en seguir contando con él en el futuro, tras su magnífico Roberto Devereux (ORC24) y a la espera de la grabación en noviembre del ‘conde de Chalais’ en Maria di Rohan, que a buen seguro sentará cátedra en una discografía escasa. Bros derrocha buen gusto, dominio del estilo y generosidad en el canto, apenas se divisa tirantez en algunos saltos bruscos al extremo agudo, en una tesitura no siempre cómoda, ideada para un Duprez que aún empleaba, aparentemente, el falsete reforzado. Un ejemplo más de la espléndida madurez que atraviesa el intérprete.

Quizás la mayor sorpresa, por inesperada, provenga del estupendo ‘Azzo’ de Dario Solari. El barítono uruguayo se presenta con una voz hermosa, rica en vibraciones, tan oscura (en una época en la que dominan los barítonos claros) como su personaje, con un canto pleno y matizado. La violencia contenida, la ira sorda encuentran buen cauce en los acentos de que dota un canto siempre noble, como corresponde en Donizetti, preanunciando los grandes papeles verdianos pero sin traicionar el estilo del bergamasco.

Los papeles secundarios estuvieron bien encarnados, aunque no de manera magistral: aprecio mucho el buen canto de Nicola Ulivieri, pero su ‘Ernesto’ resulta un tanto limitado, el personaje necesita una voz más profunda (en esto el color no siempre se diferenciaba adecuadamente del de Solari) y la amplitud del ‘Raimondo’ de Lucia (no en vano Carlo Porto-Ottolini creó ambos papeles); el sacerdote está más lejos del estupendo ‘Dulcamara’ que compone en el Elisir y de otros papeles mozartianos que casan mejor con su voz de bajo-barítono. Ann Taylor fue una ‘Imelda’ competente, aunque no puede competir con la suntuosidad de una joven Daniela Barcellona (Dynamic).

El Geoffrey Mitchell Choir canta de manera musical, como siempre, aunque no tiene un papel tan dramáticamente desarrollado como en otras óperas. La London Philarmonic Orchestra brilla a lo largo de toda la grabación, perfectamente empastada, precisa y sincronizada como un reloj suizo, como es evidente desde la sombría obertura. David Parry conoce Donizetti con los ojos cerrados, aunque me resulte menos teatral que Sir Mark Elder (que últimamente se ha hecho cargo de otros Donizettis en Opera Rara, Dom Sébastien e Imelda de’ Lambertazzi, ver crítica, a la espera de que se publique Linda di Chamounix, que se graba estos días en Covent Garden, y se registre Maria di Rohan en noviembre). Sin embargo, hay que reconocer la eficacia de los tempi y la flexibilidad con los cantantes.

En definitiva, esta Parisina a buen seguro optará a los reconocimientos como una de las mejores grabaciones de ópera del año, constituyendo una aportación indispensable al catálogo de Donizetti.

Este disco ha sido mandado para su reseña por Opera Rara
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