Ciertamente, escribió mucho y rápido, muy rápido, con problemas con libretistas o libretos, teatros y censuras. No tuvo la suerte de tener ricos protectores o amigos a quienes dar el sablazo con el pretexto (real o no) de que tenía que componer obras que cambiarían el mundo. Prácticamente, no le quedó más remedio que tentar suerte fuera de Italia donde las dichosas envidias y rivalidades llegaron a cerrarle las puertas del Conservatorio San Pietro a Maiella de Nápoles. Tuvo su buena ración de desgracias familiares hasta que le tocó la propia, que terminó llevándoselo aún joven y de mala manera. Y todavía lo llamaban con ese ‘encantador’ juego lingüístico sobre su apellido. Algunos todavía lo llaman, o lo consideran, así. Sería un milagro que su producción fuera pareja. Más milagro es que, en el último año de su vida, y casi como…
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