Detrás del goce estético que hoy nos produce el Officium Defunctorum de Victoria y la cercanía que en cada uno de nosotros se pueda dar a una mayor o menor espiritualidad, se encuentran todas las vicisitudes que músicos y musicólogos se aprestan en resolver para acercarse lo máximo posible a lo que pudiera haber sido en su momento. En definitiva, una música destinada a alabar a Dios, y a los hombres. Puede parecer una obviedad, pero hay que recordar que ni nuestros oídos son los mismos que los de aquellos que presenciaron las honras fúnebres de la Emperatriz María, ni la concepción del mundo y del individuo era la misma que en la actualidad. Tampoco el momento político del Estado, ni tan siquiera la crisis económica que sólo por el nombre se podría asimilar a la actual. Bancarrota de la última década del siglo XVI y desastre de la…
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