Quien en el verano de 2004 haya visitado Múnich, se habrá sorprendido al ver por las calles unos grandes letreros en los que se anunciaba la inminente llegada de Christian Thielemann a la ciudad para hacerse cargo de la dirección de su Orquesta Filarmónica. En los carteles se podían leer frases como “Anton Bruckner (o Johannes Brahms o Ludwig van Beethoven) espera con alegría la llegada de Christian Thielemann”. Tales carteles no se hallaban únicamente en el centro de Múnich; incluso a ciertos barrios periféricos, cuyos habitantes no son de los más asiduos a conciertos clásicos, llegó la feliz noticia. No sólo los músicos y el público muniqueses aguardaban el arribo del gran director prusiano, también éste mostraba su satisfacción por el nuevo puesto, hastiado ya de la Ópera Alemana de Berlín, con sus endémicos problemas económicos y sus…
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