Coincide mi acercamiento a este nuevo compacto de John Cage (Los Ángeles, 1912 - Nueva York, 1992) precisamente con mi regreso de la ciudad donde éste murió, aún sobrepasado por los estímulos superpuestos de una urbe tan complejamente abigarrada en la que uno parece desintegrarse aplastado por la rotundidad de su(s) presencia(s).La vivencia de un entramado tan denso, estimulante y acelerado como el melting pot neoyorquino exige de su habitante (aun ocasional, como era mi caso) una actitud de ‘autodefensa’ si no quiere ver su personalidad diluida en una masa informe que lo absorbe con una fuerza incontenible, casi despersonalizándolo, abduciéndolo a esa suerte de imaginario global que, compuesto por miles de microuniversos, conforma una suerte de tendencia unitaria. La vivencia de una ciudad como Nueva York puede ser una experiencia…
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