Partitura que muchos consideran la quintaesencia de la ópera mozartiana, Don Giovanni se mueve siempre -con la asombrosa habilidad de un genio treintañero- entre el drama y la fina comedia. En alguna oportunidad (me viene de inmediato a la mente la notable película de Joseph Losey) incluso se suprimió la ‘moraleja’ final, que puede sonar algo ‘ñoña’ según los parámetros de hoy en día, con el fin de acentuar el tremendo efecto teatral de la gran escena que se inicia con el arribo del “convidado de piedra”.Pero nunca me había tocado presenciar, hasta ahora, una puesta en la que el acento estuviese centrado, casi con exclusividad, en lo banal, la caricatura o lo burlesco, al punto de desfigurar totalmente la obra artística. No tanto porque Suárez Marzal reitera, una vez más, el manido recurso de trasladar la acción a un tiempo vagamente…
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