La frase se dice textualmente, y repetidamente, en una escena clave de la ópera, justo antes de la tempestad. La verdad es que ese coro-actor-pueblo, amenazante, linchador, moralista a la violeta, que odia todo lo que no se le parece y lo que le han mandado creer (no se puede hablar de ‘pensar’ más que en el sentido del justamente denostado ‘pensamiento único’ actual que vomitan las televisiones, berlusconianas o no) no sólo no deja vivir (y la prueba es el suicidio final del protagonista, aconsejado por el más amigo de los hombres y sin que la única mujer ‘decente’ pueda oponer mucha resistencia -las ‘indecentes’ son menos perversas que las ‘honradas’- pero incapaces también de oponerse al pueblo-Panzer), sino que tampoco vive, realmente. De allí las necesidades del láudano de la repugnante Mrs. Sedley, o el cinismo que sabe y se niega…
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