Son muchos los motivos que tenemos de gratitud, de deuda, con René Jacobs. Después podemos discutir si su Rossini o su Mozart merecen que disperse sus energías en ellos. Pero el barroco le debe mucho, y nosotros, los destinatarios de sus investigaciones y batallas, más. No olvidaré nunca que le debo el más vital Orfeo monteverdiano (en concierto, y bien conocido), pero sobre todo que gracias a él he descubierto La Calisto de Cavalli, o ahora esto, que al parecer ha visto la luz en 2005, pero ahora llega a Bruselas en concierto y, antes, a Amsterdam en versión escénica. Como uno es maniático, y pese al temor que me infunden hoy las puestas en escena, he preferido ir a la maravillosa ciudad nórdica y a su no menos maravilloso viejo teatro de ópera (más pequeño e incómodo que el actual, pero qué diferencia de ambiente, un poco como entre…
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