Seguramente es pronto para describirlo como escuela, pero tengo la impresión de que, de unos años a esta parte, algo está cambiando de manera muy radical en la interpretación mahleriana. O, más bien, de que una tendencia sólo subyacente durante el imperio de Leonard Bernstein empieza a imponerse. Diría que se acaba el Mahler-espectáculo, el Mahler-cataclismo, y que se extiende sin prisa pero sin pausa un Mahler de dimensiones más humanas que planetarias. Por supuesto que en las tres primeras sinfonías, y en la Octava, el elemento teatral es fundamental, incluso -a otro nivel- también en la Cuarta, y el final feliz tiene que ser feliz; pero ya no apabullantemente feliz. Tanto más, pero al revés, sucede en las otras cuatro sinfonías, en las que me parece que la corriente actual lleva a presentarlas poniendo en duda cuanto tengan de…
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